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CURATORIA 02 (2007- 2008) ANDREA JOSCH La curatoría del año 2007 se inserta dentro de los nuevos lenguajes fotográficos, externalizando problemáticas y desplazamientos tanto de la materialidad como de los conflictos contemporáneos. Sin duda, la imagen ha tenido variaciones fundamentales en los últimos años, tanto desde el emplazamiento documental de la cotidianidad, como por los desplazamientos del soporte mismo. El documento fotográfico establece vínculos directos con nuestra idiosincrasia, creando sistemas complejos de lectura de la información. Son sus interlíneas, su fuera de campo, las que entregan la real intención, la cual debe ser codificada para establecer los parámetros de relación entre realidad y ficción. Es la transmisión de información la que sustenta el eje formal. En este sentido, las imágenes han colonizado los territorios de la comunicación y de nuestra propia ilusión, generando arquetipos y estereotipos directos. Éstos establecen limites y fronteras tanto sociales como económicas, los cuales necesitan de estrategias políticas para poder actuar sobre el consciente e inconsciente colectivo. Quizás se podría decir, que la huella es la que señala la representación física de un hecho. Por medio del traspaso de la luz y su impresión, su re-codificación, somos capaces de simbolizar tanto situaciones concretas como ilusorias, bajo parámetros de supuestos aparentes. Pero, más allá de aquello, se necesita con urgencia una alfabetización visual. En medio de millones de imágenes que inundan nuestra mirada a cada minuto, la imagen se convierte en un arma aún más mortal, capaz de convencer, seducir, omitir, dictaminar, ejercer poder sobre nosotros. Hace mucho tiempo que internacionalmente el gesto fotográfico sobrepasó a la técnica perfecta, haciéndose cómplice de ella, usufructuándola para transmitir de mejor manera la intención. Pero no todo termina ahí; la imagen, separada de su rol de reproductor y registrador de eventos, hechos y situaciones, sociales, culturales y artísticos pasa a dominar un baldío. El objeto fotográfico pasa a ser un fetiche, un trofeo, algo bueno para ornamentar o un dictamen, una veracidad, un espejo de lo que somos capaces. La imagen fotográfica es, en definitiva, un documento constituyente y significante que cruza transversalmente los territorios del arte, la ciencia, la tecnología y la comunicación. La actual curaduría busca establecer y proponer discursos visuales desde las tensiones antes descritas, como respuesta a complejos escenarios de producción, interpretación y audiencia; en donde el concepto y la materialidad son relevantes para la gestión de parámetros de relación (artista/obra, obra/ espectador, galería/coleccionista, obra/artista/galería/coleccionista, todas las anteriores). En la era de los fotologs, de los celulares con dispositivos fotográficos, de la efervescencia por la imagen corporal, la rapidez de conexión y comunicación global, la lectura del lenguaje visual se acota. Necesita de códigos más sintéticos y universales para poder ser interpretados. Además, tomando en cuenta que toda nuestra formación es principalmente aparente: aprendemos desde la representación de la reproducción. Si bien en el primer año se propuso curar una amplia gama de posibilidades directas, las cuales hablaban sobre clasificaciones disciplinares del arte y de una variedad generacional, interviniendo con propuestas sobre lo que sucedía con la visualidad fotográfica en Chile, en este segundo año la visión tiene un perfil más acotado y sugerente. Si hablamos de colección, desde la perspectiva del que investiga, aprecia, observa y adquiere una obra fotográfica, esta curatoría tensiona las ideas formales sobre lo que es fotografía. Las obras que aquí se exhibieron entienden el descalce, en el sentido de la producción de escenarios, y al mismo tiempo, generan nuevas problemáticas desde la interpretación. Ya no hablamos solamente de una imagen dentro de sus limitaciones formales, que podemos leer como un gesto de eso que “ha sido”; sino, planteamos la reconstrucción de escenarios que son o pueden llegar a ser. El instante decisivo ya no se basa en la búsqueda de momentos únicos e irrepetibles, en donde el desprendimiento del alma se convierte en huella fotoquímica; sino hablamos de codificaciones complejas que reúnen varios significados dentro de las limitaciones formales del formato. Estos levantamientos de escenas y contextos tensionan la esencia misma de la materia, posibilitando mayor libertad de acción, tanto para el artista como para el espectador. El problema se complejiza, pero adquiere mayor consistencia, pues nos hace cuestionarnos la realidad inmediata, los sistemas de comunicación, las redes políticas y la narración. Sin duda hay un quiebre. Si bien, no es nada nuevo decir que es imposible que la fotografía registre o retrate la realidad (por problemáticas físicas, químicas, preceptúales, filosóficas, estéticas, etc.), ahora se podría constatar que existe una escalofriante cercanía visual a lo denominado realidad: ésta se exacerba en cuanto la producimos, la descalzamos y la situamos en espacios determinados para el arte. Este es un punto de máxima tensión. Qué sucede cuando vemos una exposición en una galería, en un museo, en una sala, centro cultural, vía publica, espacios virtuales. Qué sucede cuando vemos nuestra supuesta realidad enfrentada en una habitación especialmente diseñada y conceptualizada para generar proximidad, omisión, tensión, goce, rechazo, neutralidad... en dónde los conflictos privados y públicos son expuestos, teorizados, tranzados y finalmente perpetuados en alguna historia. Es ahí donde se nos permite vincularnos con la intención estética; es justamente ahí donde se funden las relaciones del arte. Sin duda, la utilización de la espacialidad dentro de sus límites temporales como referente, la corporalidad de la obra y su inscripción en un circuito con redes específicas determina su presencia dentro del circuito. El descalce del significado frente a su hábitat natural es forzado a aparentar un nuevo territorio. La imagen fotográfica se convierte en señal, en cuadro, en sinopsis, en icono. El espacio galería, como el espacio de interacción comercial, estimula esa bifurcación entre mundos diversos. Ya no sólo es un fetiche, ahora también es un complejo símbolo de autobiografía colectiva. Todos sistemas de lecturas que se nos enseñan desde infantes, sistemas emotivos y sensoriales por los cuales creemos entender todo lo que se nos presenta por delante. Este año nos permitimos mostrar producciones escenográficas, desde el story board de micro cine de Claudia Gacitúa, hasta las grandes maquetas construidas de Norton Maza; desde la no imagen de Mario Fonseca hasta el objeto político estético de Andrea De Simone; desde la asepsia de la globalización de Francis Naranjo hasta los paisajes colonizados de Francisca García; desde los registros desplazados de clases y oficios de Paz Errázuriz hasta la ironía de nuestra propia vida en esclavitud fotoshopeada, recortada, boceteada, ambientada de Patricio Vogel. Todas las obras utilizan el soporte fotográfico como formula para hablar de las situaciones contingentes que nos atañen en la contemporaneidad. El espacio especifico de Galería AFA, desde su concepción curatorial, de gestión, arquitectónica y geográfica contiene ciertos ejes fundamentales para la codificación de las muestras ahí expuestas. La gestión curatorial que se propone, combina tanto la selección por invitación de artistas que tienen un cuerpo de obra consistente, como por la postulación de proyectos abierta y democrática que permite estar constantemente informados de lo que se esta produciendo en la actualidad. La relación directa y constante con los artistas, en los procesos de desarrollo de las obras en instancias de laboratorios de conversación (entre artista/curadora/directora) son fundamentales para generar reflexión sobre las intenciones reales, tanto de la obra en si misma como de la utilización del espacio físico destinado a albergar dicha obra. En ese sentido, el espacio físico contempla la movilidad tanto por su circulación (desde la calle o desde la recepción del edificio) como por la disposición de dos muros centrales amoldables a las necesidades de la muestra. Cada exhibición se toma el espacio para transformarlo y hacerlo propio. Es así como la muestra de Norton Maza se convierte en un “petit” museo al pintar los muros de color verde, situación que modifica la lectura e instala una reflexión desde la propia instancia de galerías, sobre las actuales redes de espacios expositivos que albergan arte contemporáneo. Paz Errázuriz desplaza en esta oportunidad el soporte bidimensional para optar por la proyección de las imágenes, las cuales convierten el lugar en un muro narrativo. Francis Naranjo, nuestro artista internacional del año 2007, trabaja de manera excepcional la relación directa con el espacio. Los dispositivos que generan el recorrido desde la asepsia de la imagen, son capaces de generar microespacios (quirófano/teatro), transformando la galería en un volumen exterior que contiene la obra en su totalidad.
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